Morir en el caño
Ya se lo decía yo a Abel antes de que lo matara el frío: esta vida no está hecha para nosotros. Lo supe desde siempre. Creo que aprendí a llorar de coraje antes que a hablar. Coraje por saber que del otro lado del cristal de la panadería estaba la solución a mis torturas diarias, por saber que si lo volvía a hacer Don Pedro me iba a matar a puro golpe.
Me lo había dicho cuando le robé dos conchas en Navidad, una para Abel y otra para mí. “Mira pinche chamaco, ya me tienes hasta la madre. Tú que vuelves a robarme una sola borona y yo que te mato a golpes”, me gritó desde la puerta de La Única cuando salí corriendo hecho la mocha. Abelito tenía siete años y creía que el Santa Clos que salía en los anuncios le regalaría algo de comer porque se había portado bien en todo el año. No sé quién le metió esa idea en la cabeza, supongo que fue El Negro, él siempre veía la televisión desde afuera de una tienda que vendía aparatos bien caros.
Cuando se me enfermó Abel, yo no dormía por cuidarle una pequeña fogata que le hice para resguardarlo del frío. Entonces vivíamos en las alcantarillas, el único lugar que nos prometía un poco de calor en invierno. Recuerdo que se acercaban las ratas para estar también cerca del fuego. Pero ni mis fogatas ni la poca comida que conseguí robar impidieron que se me muriera.
No era mi hermano, yo nunca tuve familia, pero un día me lo encontré caminando solo cerca de una tienda bien grandota y lo noté mas asustado que una gallina. “¡Ey, chaparro! ¿Qué tienes cabroncito? ¿Te perdiste?”, le pregunté mientras me acercaba. Al principio él no quería responder y temblaba a pesar de que hacía mucho sol. Le dije que me siguiera y lo hizo. Hasta el día siguiente, cuando nos despertamos en un parque sin vigilancia, me dijo que venía de un orfanato y que se había escapado porque un tal Poncho le pegaba mucho y la madre Concha le jalaba las orejas.
Fue entonces que le dije que esta vida no está hecha para nosotros. No logré convencerlo de que regresara al mentado orfanato, de que estaba saliendo de una bronca para meterse en otra más jodida. Él comenzó a tomarme cariño, a mirarme como supongo que se mira a un hermano mayor. Yo, lo admito, también me encariñé rápido con el chamaquito.
Cuatro años estuvimos juntos como uña y mugre. Incluso las dos veces que me metieron al Tutelar de Menores, cuando me dejaron libre no tardé en volverlo a encontrar y todo regresó a la normalidad. A él lo metieron sólo una vez. Era más ágil que yo para entrarle a la corrida. Siempre robábamos juntos, pero si nos cachaban procurábamos que no nos agarraran a los dos. Yo solía ser el que se sacrificaba para que no metieran a Abel.
Cuando El Negro llegó al lugar donde dormíamos todos con una botella de aguarrás, las cosas comenzaron a cambiar un poco. Éramos once los que dormíamos juntos en esa parte del caño, para hacer más calor y cuidarnos de las otras bandas que vivían por ahí. Entonces comenzamos a robar no sólo para llevarnos algo a la boca.
Eso fue poco antes de que a mi Abel le entrara la fiebre, por lo que a él casi no le tocó. Luego luego se me murió de frío en el caño junto a un par de ratas gordas. Como no tenía donde enterrarlo, cuando comenzó a podrirse me lo llevé lejos, a una zona a la que nadie iba, porque decían que ahí se aparecía el demonio. Rapidito lo dejé ahí tirado y me fui corriendo para salirme a la calle antes de que el diablo me agarrara. Seguro que él se llevó a Abel, si no es que las ratas se comieron sus entrañas.
Viernes 07 de noviembre de 2008
Catherine Cosette